Ouendan, Elite Beat Agents y la magia de la localización inversa

El mes pasado me tomé un descanso de mi acentuada pila de juegos pendientes para rejugar tres títulos que marcaron un giro de ciento ochenta grados en mi percepción del ocio electrónico en general y de los videojuegos rítimicos en particular. De la mano de iNiS y Nintendo, terminó llegando a mi consola una, a priori, atractiva apuesta: Osu! Tatakae! Ouendan!

Estando en el ecuador de la década pasada —con lo que eso conlleva en la explosión de la cultura nipona gracias a Internet y la adolescencia que nada perdona—, un videojuego en el que encarnabas a un grupo de animadores japoneses cuyo principal objetivo era levantar la moral de sus clientes con el poder de ese fuego interno tan japonés mediante rutinas de baile tardó poco en calarme. No entendía ni una palabra de los textos y, por aquel entonces, mi habilidad rítmica estaba a niveles negativos. Pero, partida tras partida, decidía repetir.

Daba igual que tuviera que ayudar a un estudiante a aprobar sus exámenes de acceso a la universidad, a un equipo de ingenieros a crear un mecha capaz de superar a gatozilla en pruebas físicas e intelectuales o a Cleopatra —viaje en el tiempo sin mayor justificación incluido, claro está—, a construir una pirámide que le haga atractiva para la visita de un atractivo príncipe.

Es obvio que una jugabilidad endiabladamente adictiva era la piedra angular de la apuesta de Ouendan, pero era la puesta en escena lo que llevaba a la franquicia más allá. Y gran parte de esa puesta en escena es su identidad como Widget Series. El término Widget (del acrónimo WJT, Weird Japanese Thing, o «cosa rara japonesa«, para los hispanohablantes) define de forma clara lo que pretende ser este juego.

Una oda al surrealismo. A las situaciones alocadas, inesperadas y alienígenas dentro de un entorno que, en otras circunstancias, nos podríamos creer. A los clásicos tropos del país del Sol Naciente. Al todo vale. Al humor como premisa, base y final de la narrativa misma.

Y, por eso, fue terriblemente efectivo en Occidente. Tanto que se estima que una parte mayoritaria de las copias se terminaran encontrando en hogares occidentales y se reclamase una versión traducida del título.

Viendo la gran aceptación de la propuesta, iNiS se puso manos a la obra para traernos Elite Beat Agents, una versión occidentalizada que sustituía a los animadores japoneses por unos Men In Black y sustituía ese poder del fuego del corazón tan animesco por el más reconocible poder de la música y un baile más disco.

Si bien la premisa y el tipo de humor —algo meritorio con el cambio de ambientación— eran exactamente los mismos, la pérdida de ese componente alien —pasar de un asalariado volviéndose gigante para luchar contra un ratón mientras escuchamos Taiyo ga Moeteiru a un mago de Las Vegas haciendo frente a unos ladrones con sus trucos al ritmo de Rock this town nos lo volvía mucho más familiar— hizo  mella en los jugadores originales, que aceptamos la nueva propuesta con menos ánimo de lo esperable.

Claro está, la japanofilia imperante en la época y edad que tenía por aquel entonces lograron una primera mala impresión que tardó toda una partida completa en diluirse en lo que, a todas luces, seguiría siendo un juego memorable. Pero, sea como fuera, seguía sin ser lo mismo. Seguía sin ser exótico. Seguía sin…

Y entonces comenzaron a llegar las noticias del éxito de Elite Beat Agents en Japón. Algunas tiendas del país comenzaron a reservar sitio en sus estantes para versiones importadas y los números se volvieron a cruzar. Y pasó lo mismo con la secuela de Ouendan, que volvió a ser rompedora en Occidente, más de lo que lo había sido EBA. Pero esta vez la desarrolladora estaba al tanto de lo que había logrado con las dos primeras entregas y se aferró con aún más fuerza a lo nipón para explotar la veta del mercado de importación mientras que inició una promoción en las tiendas del país de origen para añadir a los Elite Beat Agents al cartucho como personajes jugables.

Por la época me limité a disfrutar de la trilogía, pero tras cientos de horas de puro escrutinio me di cuenta de la premisa de este artículo: el atractivo del juego viene de su (falta de) localización. Una deliciosa ironía que cada vez será más difícil que se repita por culpa del paso del tiempo.

Y es que, analizándolo a más de diez años vista, las piezas comienzan a encajar. Elite Beat Agents está perfectamente cuidado para las expectativas occidentales. Figuras reconocibles —agentes de élite—, música que resuena en el imaginario colectivo, una atmósfera más feliz a costa del tropo del ardor del corazón que no encaja en nuestra cultura. Los estereotipos de los personajes que habemos de animar ahora son cercanos y, probablemente, nos podamos identificar con alguno de ellos. Sí, las raíces del humor japonés estaban ahí, pero era más cercano.

…y eso es precisamente lo que no funciona. Para entrar en la atmósfera del juego hay que alejarse de la realidad cotidiana. Hay que abrazar lo extraño.

Pero no olvidéis lo importante: hay que ponerse los cascos y dejarse llevar por la música.