Minirreseña – ‘She-Ra y las princesas del poder’

She-Ra y las princesas del poder

Noelle Stevenson, 2018-2020

Muchas franquicias nacen simplemente de casualidades que rodean las circunstancias. Allá por los 80 He-Man y los másters del Universo era lo que más lo petaba entre la chavalada y dejaba secas las estanterías de las jugueterías y llenas las arcas de Mattel. No había niño que no hablara de las aventuras del príncipe de Eternia. Pero, para la empresa, había un problema. El éxito se acotaba exclusivamente a los niños y el departamento de juguetes dirigidos a niñas —un concepto que por suerte está pasando poco a poco al más puro anacronismo— no era capaz de llegar a los números ni con sus licencias más poderosas.

Así que en un alarde de competitividad entre departamentos y de cierta libertad de uso de las licencias de la empresa matriz nació She-Ra: la princesa del poder, que sería la hermana y contraparte femenina al famoso héroe. Las ventas en el sector femenino se dispararon durante un tiempo pero la cosa no se mantuvo en el aire más que un par de años para quedar relegada a los rincones más recónditos del imaginario colectivo y a las estanterías de los coleccionistas más avezados. Pero todo cambió con  She-Ra y las princesas del poder, la nueva apuesta por la franquicia en Netflix de manos del equipo de Dreamworks Animation capitaneado por Noelle Stevenson.

El sutil cambio de título no es casual: en esta ocasión la historia sería más coral y el resto de princesas tendrían más cabida en la historia principal, si bien la heroína titular es el foco de atención principal. También la narrativa da un giro de ciento ochenta grados desde el modelo de monstruo de la semana a una historia serializada y rica en interacciones capaces de resonar a largo plazo y, en definitiva, ser más que un anuncio de juguetes glorificado.

En esta versión, la epónima She-Ra es una adolescente llamada Adora que inicia sus andanzas en el Reino del Miedo —y a pesar del nombre, no siente preocupación inicial por lo honesto de sus superiores— y, tras unas pocas idas y venidas es capaz de transformarse gracias a la espada mágica y termina, tras algún que otro descubrimiento y crisis existencial, convirtiéndose en la abanderada de una maltrecha Rebelión que tiene que reunir poco a poco conociendo a las princesas titulares y, en resumen, tomando una primera métrica de los peligros reales que sufre Eteria en una temporada introductoria que nos sirve para ir encariñándonos con el mundo antes de entrar en harina.

Ya desde la premisa se nos muestra que ésta no va a ser una serie de blancos ni negros. El que los héroes se cuestionen el por qué de sus acciones y si realmente sus decisiones son las correctas será un motor constante en esta serie. Quizá de una forma algo estereotípica en algunos compases, no voy a mentir, pero siempre servicial a la trama y a la conexión de los personajes con los espectadores. Es difícil quedar indiferente frente al colorido elenco y sus filosofías, pertenezcan al bando al que pertenezcan. Ya sea por sus virtudes o por sus defectos, cualquiera de los personajes puede hacerse con sus fans —o sus me encanta odiar a este personaje— de una u otra forma.

Eso es algo precioso porque no sólo codifica una faceta importante de la serie, sino que también es un nexo de unión con una de los temas principales de su presentación: la sensación de pertenencia. Esta serie es valiente desde su concepción a la hora de enviar su mensaje: seas quien seas, eres válido. Es fácil reconocer esa mentalidad de un breve vistazo al diseño de los personajes, que decide subvertir la normatividad sin la necesidad explícita de apartarla. También la puedes reconocer con la naturalidad con la que se tratan los colectivos LGTB+ en un despliegue casi inaudito para la animación occidental. Pero limitarse a los ejemplos aparentes es poco menos que rascar la superficie.

La verdadera riqueza del mensaje está en las interacciones y las moralejas que muchos de los personajes tienen que aprender, al fin y al cabo. Ya sea una niña, alguien sin habilidades sociales o un anciano, tienes cabida en el equipo siempre y cuando tengas el corazón en el sitio correcto. Que el escepticismo no es malo, pero que hay que seguir creyendo en lo que nos une como personas. Porque al final eso es lo inclusivo. Que seamos como seamos y sintamos lo que sintamos, formamos parte de un único todo.

Pero ¿qué es el mensaje sin un vehículo que trasladarlo? En ese aspecto la serie también sabe dar el do de pecho, aunque quizá abusando de ciertos artefactos narrativos que hacen algún que otro desarrollo ciertamente predecible. Cuánto supone eso un problema depende de tu sensación de incredulidad y de cuánto valores la cara b, las reacciones frente a los hechos. Y es que, en general, funcionan mejor los conflictos internos que no se acaban de ver que las escaramuzas bélicas y las estratagemas ejecutadas o el pequeño ajedrez mental que se marcan entretanto. Eso si, nada evita que la serie sepa cazar el tono perfecto de humor con momentos distendidos o el de drama con la ejecución de ciertas revelaciones —que si bien puedes esperarte qué hay mucho espacio para el cómo— de forma fugaz para fomentar el ambiente que propicia la segunda interpretación que les puedas dar.

Y si hablamos de una serie animada no podemos dejar en el aire la animación, ¿no? Aquí mi opinión es un poco más mixta que en otros apartados. Si bien la curva promedio es creciente y su última temporada parece ser la más afinada, el adjetivo más adecuado para definirla no es otro que inconsistente. Y no en el sentido de «hay escenas con más presupuesto que otras», que es de esperar en cualquier obra del estilo, sino de off-model —sigo sin tener clara cuál es la altura relativa de She-Ra a pesar de haber oído tantas veces el dato nominal— o animaciones que simplemente terminan pareciendo fuera de lugar dentro del catálogo del estudio.

She-Ra y las princesas del poder ha sido una grata sorpresa que convierte una reliquia de las jugueteras del pasado en un proyecto a la altura de los tiempos que corren y, sobre todo, en un digno estandarte de una nueva era de oro de la animación occidental.

¡Por el honor de Grayskull!

+ Te hace sentir acogido de una u otra forma y no sólo de boquilla.
+ Convierte un clásico desactualizado en un referente de una nueva generación.
+ Mantiene un gran equilibrio humor/drama.
- La animación es ciertamente inconsistente.
- Muchos de los giros de guion son claramente previsibles.