La incomprendida Era Experimental Disney – Introducción

[27/09/16] Ya está disponible la primera entrada – Atlantis: el Imperio Perdido.

No hay duda que la era por la que Disney está pasando desde la adquisición de Pixar y la influencia de Lasseter ha revitalizado la vertiente animada del titán americano del entretenimiento. Con filmes musicales de fantasía y princesas como Enredados que evocan nuestros recuerdos infantiles de la era renacentista de la compañía del ratón y otras sólidas apuestas que no necesitan ese tipo de nostalgia para hacerse en hueco en nuestros corazones como Zootrópolis, es fácil olvidar que entre el lanzamiento de Tarzán en 1999 y el de Tiana y el Sapo en 2010 tuvimos una serie de filmes olvidados que no acabaron de hacerse —salvo una honrosa excepción que fue Lilo y Stitch— un hueco en el imaginario popular.

Y es que ése es el término clave: imaginario popular. Aquí no sirve hablar de fans ruidosos o de obras de culto que a pesar de haber sido un fracaso en taquilla hicieron buenas migas con la crítica y luego acabaron encontrando su hogar en algunas filmotecas de fans selectos. Aquí quiero tratar la imagen que tienen esos filmes dentro de la compañía. Por ejemplo, hace unos meses hice un viaje a Disneyland Paris y, para ninguna sorpresa, no encontré absolutamente nada de material de merchandising de Atlantis: el Imperio Perdido. Ni un sólo personaje de todos esos diez años de animación más allá del omnipresente Stitch. Ninguna atracción llamada Kuzcotopia. Bueno, ya me entendéis.

Por un lado, me cuesta culpar a la sociedad del momento: vivíamos un momento en el que las secuelas directas a vídeo de dudosa calidad se podían medir por decenas y la fuerte competencia de estudios como Dreamworks con su Shrek o Pixar —que hasta 2006 sólo tenía a Disney como distribuidora e intentaba separar su imagen de marca— no hacía más que cavar un hoyo que muchas malas decisiones de dirección cineasta y empresarial no dejaban de agrandar. Por otro, imposiciones culturales como el auge de la animación tridimensional como estándar —que, si recordáis lo que ocurrió en la década anterior con el mundo de los videojuegos y muchas de sus franquicias icónicas, podía resultar un gran problema— hicieron desmerecer a muchos de estos filmes. Y fueras crío, adolescente, o adulto, las comparaciones eran odiosas. Era mucho más fácil sentirse sorprendido por el despliegue técnico de Monstruos S.A. que por la animación híbrida de El Planeta del Tesoro. Poco a poco, la presión de la competencia y de la tecnología hicieron mella en el estudio para traernos verdaderos desastres.

¿Pero cómo ha tratado la historia a las películas que no lo fueron? Está claro que muchos de estos títulos han sido vindicados por la historia, pero no calaron en el imaginario popular de la misma forma que filmes de otras épocas de baja creatividad de la compañía californiana. El periodo de la historia de Disney conocido la Era de la Guerra (1943-1949) encontraba su excusa en la falta de recursos teniendo que presentar sus filmes como recopilaciones de cortos, pero muchos de ellos se han integrado en nuestro imaginario. La Era Oscura (1970-1988) cuenta con, probablemente, la peor alineación de filmes —por supuesto, a mi honesto parecer— en cualquiera de los siete periodos, pero algunas de sus cintas trascendieron de forma inequívoca y se recuerdan universalmente con cariño. ¿Por qué no es ése el caso en la Era Experimental?

La Era Experimental es, sin duda, la gran incomprendida de los ochenta años de clásicos Disney, hasta el punto de que algunos estudiosos le ponen jocosamente el nombre de la Era Gansa —un juego de palabras que transforma Dark Age en Dork Age— y muchos de los fans de la compañía tienden a mirar hacia otro lado cuando se habla de ella.  Pero, ¿realmente está tan justificado el odio por dicha era en conjunto? ¿Hemos de olvidar clásicos como Atlantis El Planeta del Tesoro simplemente por lo mal ideadas que estuvieron Chicken Little Zafarrancho en el Rancho? Nunca he visto a nadie crucificar a Robin Hood por culpa de Taron y el Caldero Mágico.

Como bien he adelantado, el segundo renacimiento de la compañía nos está ayudando a poner las cosas en perspectiva y empezando a vindicar los títulos que se lo merecían para darles una segunda oportunidad en el imaginario colectivo. Reediciones mucho más accesibles en Blu-Ray, plataformas de streaming, el mundo del crossover videojueguil y algún que otro evento de la compañía pueden hacer que de aquí a una década los niños no te arqueen la ceja al preguntarles por Bolt.

Y aquí dejo esta reflexión como introducción. A lo largo de una serie de artículos me gustaría hablar un poco de cada una de las películas, qué experimento aportaban al mundo de la animación y por qué realmente deberían tener un hueco en nuestros corazones —o por qué deberíamos desterrarlas junto a ese maldito caldero mágico—. Y, sí, amigos que habéis leído “Disney” y “Habimaru” en la misma frase: dedicaré un espacio a la viabilidad de estos filmes en Kingdom Hearts. Al fin y al cabo, la obra de Nomura no deja de ser un trampolín para recordar según qué obra, ¿verdad?

Dicho esto no puedo hacer otra cosa que dejaros un jugoso índice de la era a los que iré enlazando sus respectivos artículos a su debido tiempo para hacer de éste el punto de encuentro (y un buen alegato inicial al que podéis enlazar a vuestros allegados)

Índice


  • Fantasia 2000 (1999)

  • Dinosaurio (2000)

  • El Emperador y sus Locuras (2000)

  • Atlantis: el Imperio Perdido (2001)

  • Lilo y Stitch (2002)

  • El Planeta del Tesoro (2002)

  • Hermano Oso (2003)

  • Zafarrancho en el Rancho (2004)

  • Chicken Little (2005)

  • Descubriendo a los Robinsons (2007)

  • Bolt (2008)

  • Juanjo Salvador

    La «era experimental» de Disney, podríamos empezar diciendo que fue, sin lugar a duda, su mejor época. De hecho, desde el 99 hasta el año 2003, Disney trajo al mundo algunas de mis películas favoritas de animación, haciendo hincapié en Atlantis. No entiendo como el mundo las dejó olvidadas tan rápidamente, aunque me temo que se debe a que, por una vez, hicieron algo que no estuvo basado directamente en el prototipo de historia que cautiva al público, como se debió en sus grandes clásicos, donde siempre había una princesa, un príncipe, un malo maloso, un montón de idiotas, y un épico combate final que termina con el héroe de la película salvaguardando la situación sin tener que despeinarse.

    Necesitamos más protagonistas como Milo, y menos CGI.

    • Respondiendo por partes, y en primer lugar, a lo último. No. No necesitamos “menos CGI”. Quizá necesitamos jubilar (o al menos, tener una o dos alternativas) el Hyperion, que a pesar de evolucionar de forma asombrosa no deja de colisionar con fuerza con una época en la que cada película optaba por un estilo radicalmente distinto a la anterior.

      Tampoco creo que se pueda señalar la era experimental como la mejor de Disney, ni en su conjunto absoluto ni en el subconjunto que citas. Quizá sea por haber sido crío en la época pero estoy convencido de que ese título se lo merece el Renacimiento (o en menor medida, el actual segundo renacimiento) por su cualidad de ser, simplemente, redondo. Claro está, no tiene propuestas tan originales (y dejémoslo en orginales, porque como bien ha demostrado la historia han resultado igualmente divisivas) como Atlantis (de la que publicaré más pronto que tarde su artículo) o El Planeta del Tesoro, pero tampoco tiene a Dinosaurio. No sé.

      En todo caso te invito a leer los próximos artículos, que espero sirvan para visibilizar estos filmes